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por: Marcelo Villa Navarrete

Apenas te digo que podrías caber en una sola de mis manos, y una horda de gigantes se levanta y busca refugio en los cipreses. Ninguno tiene rostro. Los llamas y se evaporan.

Será porque has visto al paisaje reverdecer, elevarse y desgranarse; será porque ríes como un cuchillo en el agua y lees los intersticios de las piedras; será porque también abrigo un cadáver que perfuma las auroras y abofetea los ocasos. Porque has prometido una tumba al pie de tu puerta. No has llamado, pero aguardo el campanilleo.

Tu cuerpo se acerca como una guillotina. No ansío tus viñedos, ni la arena de tu boca. Busco igualmente una voz con el calor de los sepulcros.

Suelo pensar que pudiste haber muerto. Fue la llama y el hielo sobre los párpados, y silencios desgajados en las sábanas. Sembré tan solo la helada de mis días sobre tu nombre. Amar el surco y la tangente, como al estertor y al vagido. Te habita una carroza llena de manzanas, y son más luminosas cuando tu desnudez huye calle arriba.

La patria, es decir tú, sucede afuera. Está muy lejos de esta puerta con veneno en las cerraduras. Adentro hay un surco palpitante de agua turbia y bebo enmascarado. Entonces la miseria ya no importa, el mundo vuelve a ser doble o infinitesimal; me tambaleo y dejo caer tus fotografías. Las termino pisoteando.

Un cuerno te nació la víspera, me dices, un cuerno que atraviesa constelaciones. En el último golpe de dados comprendo que todo fue al revés: yo era el cisne y tú el rinoceronte.

Solo el olvido se ensancha, alguien llegará a ser loto, roble o diente de león. La primavera será una lengua muerta. Acá la niebla, el ladrido del sur, tus bambalinas arrojadas al otro extremo del mundo y que he recuperado.

Fiat Paradisus

por: Jorge Gómez

Simplificamos la derrota de habernos traicionado, con salmos que pregonan una memoria muerta. Cantamos al ídolo que habita en el espejo, al becerro que sueña en nuestra almohada, a la zarza que nos devora los ojos. Suplicamos un personaje a la trama de una obra que nunca seguimos.

Estamos iluminados por las piedras, oscurecemos las intenciones bajo una mata de pencos y sembramos cualquier duda en el aire, ¡ay!, si fuésemos dioses haríamos tantos clones de nosotros que no bastaría el espacio para acallarlos ni el silencio para contenerlos, ni siquiera la muerte para derramar su angustia.

Simplificamos la gloriosa batalla de haber pertenecido a una hermandad que estaba desbandada, a una comunidad rota, a un pedazo de suelo que nos manchaba el rostro, a un aire que nos trituraba las venas. Y todo en pos del complicado martirio de invadir pueblos que siempre nos pertenecieron, quemar aldeas en las que vivían nuestros hijos y destruir las plantaciones que nos alimentaron.

Rechazamos el estudio de nosotros mismos por la búsqueda de un universo alterno, el diseño de un infierno, el olvido de un paraíso y la santificación de unas ruinas que habían sido construidas -y asimismo destruidas- por condenados. Extraviamos el nacimiento de nuestra inocencia, y asistimos a su corrupción, con la ridícula idea de hallarla de vuelta entre una multitud de rosas de agua y cenizas de cristal de roca.

Estamos conscientes de que perseguimos al que no adoramos, hablamos de quien nada tiene que decirnos y flotamos intentando mutilar nuestros pies bajo el fango. Alguien nos llamó seres vaciados, cajón de historias, música infinita, ruido muerto*. Desconocimos el camino, salimos del vientre con temblor y nos recibieron sin ninguna ceremonia. Ahí, en el momento en que debíamos hablar de lo que nos atormentaba, comenzamos a coser palabras inaudibles con los lamentos de un millar de ancianas. Sacrificamos entrañas de animales y enterramos las nuestras en el vientre del desierto.

¿Quién habría de escuchar nuestras oraciones inútiles? ¿Quién mordería a los áspides que se nos enroscaban en los tobillos? ¿Quién abrió el desierto y nos labró una cuna? ¿Quién habría de obligarnos a leer su obra y nos condenaría a interpretarla?

El pasado es una historia inútil, velada por nuestra presencia.

súper inframan

por: Diego Yépez

Mi cerebro es un miasma. A veces, cuando nadie me ve, me deleito en el secreto de los cataclismos, pero no me alcanza para ser un Macbeth. La refrigeradora está llena de bacterias. Mis dientes se pudren lentamente. Mis manos tiemblan. Hay fósiles de homo erectus que ningún paleontólogo encontrará.

Acostumbro a estar dos días de pie ingiriendo pésimo whisky, sin embargo estoy envejeciendo; supurar humo químico es ridículo. Soy el superhéroe del suicidio. Mis poderes brotaron de las bibliotecas donde me rasqué la sarna. La confluencia de la máquina me sacó a patadas por orinar en la efigie de los patriotas. Divagué por años. Miré películas onlineLuego me tomé un frasco de Rivotril y me quedé solo.

Fui la sanguijuela que se untó en el rostro de la hermosura inventada. Eso es lo que nunca comprendieron. El error fue de todas menos mío.

Hay algo que apesta. La pestilencia avanza por la casa y se posa en las ventanas. Golpea las puertas de las mujeres. Se excusa por filtrarse en el núcleo del planeta. Observa de reojo la espalda de los brahmanes. La pestilencia es peor que los gusanos blancos. Es mi legado.

 

 

 

 

 

SOYLENT GREEN (1973)

Richard Fleischer

por: Diego Yépez

“El patrón del crecimiento demográfico en el siglo XX se dio a una tasa más bacteriológica que primate”.

 E.O. Wilson

Este año la población del planeta superó los 7000 millones de habitantes; el 38% de la superficie del planeta libre de hielo está cultivada, y en los países industrializados la producción alimenticia es manejada por corporaciones ciclópeas, que fabrican carne a nivel industrial, para sostener la dinámica del consumo y el despilfarro. Sin embargo, a pesar que los avances en manipulación genética han incrementado la producción a niveles históricos, la mayoría del planeta está sumida en la pobreza y la hambruna, bajo la mirada impertérrita de las élites, que han transformado a sus congéneres en piezas de un engranaje que está tornando el milagro de la vida en un averno estéril.

Las más atroces distopías imaginadas en el siglo pasado se están cumpliendo. Triunfó la estupidez. Un puñado de monos antropomorfos soñó que era expulsado del paraíso original y como represalia utilizó la técnica para aplacar a las fuerzas demoniacas de la naturaleza que bullían en sus entrañas.

El film Soylent Green retrata una realidad similar a la nuestra: las mismas antípodas en la distribución de la riqueza; la misma aglomeración. En el año 2022 Nueva York tiene 40 millones de habitantes y el efecto invernadero produce desagradables efectos ambientales. Sólo la cúpula accede a los productos básicos; la carne es un lujo destinado a los altos funcionarios de las corporaciones.  Atrapados en la madriguera, los habitantes de la ciudad conocen la naturaleza por las fábulas que cuentan los ancianos, quienes prefieren someterse a la eutanasia voluntaria.

Pionera del género, se adelanta con décadas al frenesí ambientalista y es un ultimátum de los efectos de la extracción desmedida de recursos. Muestra una civilización que erosionó la tierra, agotó las reservas alimenticias del océano y no tiene otra opción que reciclar cadáveres humanos para producir comida (tabletas de soylent green) a escala industrial, en una lucha perdida por sustentar a las famélicas multitudes, que están al borde de la histeria.

La biomasa humana es una avalancha que se lleva la demás vida a su paso; cada individuo es el responsable de una extinción cientos, o incluso miles de veces más alta que durante los últimos 500 millones de años. La sexta extinción somos nosotros, la naturaleza devorándose a sí misma, tratando deseperadamente de sublimarse.

 

STARSHIP TROOPERS (1997)

Paul Verhoeven

por: Diego Yépez

Si la vida es una rareza, que tras un proceso ciego adquiera inteligencia es casi imposible. Si la inteligencia se concreta, lo más probable es que se autodestruya a sí misma al dominar –o al intentarlo- los misterios de la materia, como muestra la historia reciente del homo sapiens, tras el abuso de la fisión nuclear o el petróleo. En el caso hipotético que dos civilizaciones intergalácticas se encuentren (luego de superar su adolescencia tecnológica y a su vez compartir el espacio-tiempo apropiado), el abismo tecnológico hará que la vanguardia destruya a su contraparte primitiva, siguiendo una lógica evolutiva universal, puesto las leyes de la física son iguales en todas partes.

Esta idea es uno de los pilares del film Starship Troopers, adaptación de la novela homónima de Robert A. Heinlein (1959): nacionalismo y militarismo exagerados hasta la parodia gore y la sátira política, con el trasfondo de una sociedad del siglo XXIII, que se ha unificado para combatir  un enemigo extraterrestre. El gobierno terrícola está controlado por los militares, quienes tienen la potestad de otorgar la ciudadanía a la plebe. Incluso las redes mediáticas están a su disposición, con las cuales orquestan una charada propagandística que transforma a la sociedad en maquinaria de guerra, lista para la batalla con los habitantes del planeta Klendathu: insectos grotescos e inteligentes capaces de sentir temor.

Starships Troopers no se convirtió en otro clásico del cine distópico como Robocop o Total Recall (ambas de Verhoeven) y fue recluida en los extremos del mainstream  de las grandes producciones de Hollywood. Esta apreciación es injusta dado que a pesar de las escenas espectaculares y los elaborados efectos especiales el imaginario de la película caricaturiza a la sociedad norteamericana al exagerar sus rasgos utópicos y sus ideales superficiales: El culto al cuerpo se convierte en vaciedad, el amor patrio en barbarie y la tragedia en sorna. El campo de batalla es un panteón de torsos de sensualidad hipnótica y estereotipada que se ahogan en las vísceras de cucarachas gigantes. Por consiguiente,  el espectador se sumerge en el artificio para trascender lo humano y enfocarse en la raíz filosófica de la guerra, que no es una ontología de la muerte, sino una de las destrezas adquiridas mediante la inteligencia con el fin de perpetuar la vida, provenga de donde provenga.

EL LIBRO DE MONELLE (1894)

Marcel Schwob

Por: Marcelo Villa Navarrete

Las evidencias sobran: hay obras que crean puentes con sus precursoras, o caminan junto a sus pares por un sendero estrecho que luego será catalogado como “escuela”. Las obras inolvidables, paradójicamente, prescinden de la nemotecnia; ese caos llega a ser un orden, un punto de partida para nuevos escritores y lectores.

Marcel Schwob (1867-1905), autor donde coinciden Las Mil y Una Noches, Dante, François Villon, Stevenson, Poe y los cuentos medievales, conoce en 1890 a una trabajadora humilde, que esporádicamente se prostituye. Durante un par de años mantiene una intensa relación que se ve truncada por su muerte. Para redimirse, en pocos meses da a la imprenta una obra inclasificable, mezcla de libro sapiencial, poesía y relato, El libro de Monelle. Desde su aparición ha recibido el elogio de diversos autores: Mallarmé, Maeterlinck, Mardrus, Apollinaire, Rilke, Borges…

Monelle, al igual que Beatriz, conduce al peregrino (pero aquí no hay un Virgilio que interceda). Desde el primer momento le muestra su genealogía, su hermandad, su reino y sus súbditos. Para Monelle toda miseria y esplendor confluyen en la misma persona, en un mismo lugar y momento. Algunas de sus palabras remiten a la destrucción, al olvido, a la fugacidad.

A los 37 años, cuando no se acostumbra admitir la madurez de un escritor, Schwob moría en París, dejando invaluables obras, no propias de su tiempo sino audazmente, de la Literatura.

 

Y Monelle dijo: Te hablaré de la destrucción.

Esa es la palabra: Destruye, destruye, destruye. Destruye en ti mismo y a tu alrededor. Haz lugar para tu alma y para las otras almas.

Destruye todo bien y todo mal. Los escombros son semejantes.

Destruye los antiguos domicilios de hombres y los antiguos domicilios de almas; las cosas muertas son espejos que deforman.

Destruye, porque toda creación procede de la destrucción.

Y para la bondad superior hay que aniquilar la bondad inferior. Y así el nuevo bien se presenta saturado de mal.

Y para imaginar un nuevo arte, hay que quebrantar el arte antiguo. Y así el arte nuevo parece una suerte de iconoclastia.

Porque toda construcción está hecha de vestigios, y en este mundo no hay nada nuevo excepto las formas.

 

AVISO A LOS CIVILIZADOS (1990)

Leopoldo María Panero

Por: Carla Badillo Coronado

Aviso a los civilizados es otro lúcido canto que Leopoldo María Panero (Madrid, 1948) eleva entre la locura y la palabra. Los once capítulos que lo componen son trozos de un espejo roto en el que nos reflejamos todos, y es a la vez un ‘manual’ de estudios y análisis de la concepción psiquiátrica como poder, bajo un enfoque que se debate entre la filosofía y la poesía.

“La psiquiatría –dice Panero- está ahí para evitar el viaje a los infiernos, no como debiera para guiarme a través de ellos”, refiriéndose a ella como un instrumento de opresión  para una minoría de individuos, considerados desviados por la única razón de creer en sus fantasmas, en sus ideas irracionales, en sus delirios.

Paradójicamente, acabé de leer este libro en uno de los patios del Psquiátrico San Lázaro, donde se expuso una serie de glosolalias (textos de lenguas inventadas) escritas por el francés Antonin Artaud, que resultaron ser un gran complemento para entender la tesis de Panero, en la cual la locura, lejos de carecer de sentido, tiene la función de dar sentido a lo que no tiene. Así como el arte, pues como lo advierte Ricardo Cristóbal en el prólogo: ¿Qué autor no cree en sus fantasías? ¿Qué persona no manifiesta algo distinto de lo que quería decir, expresando de forma distorsionada una parte de lo que bulle en su cabeza, o un deseo inconsciente?

En Aviso a los civilizados Panero evidencia el miedo colectivo a descubrir el mundo instintivo, que hace desplazar en “otro” individuo lo que en sí mismo perturba. Lo que la sociedad forcluye (Lacan) es la animalidad, nunca perdida, y que vuelve cíclicamente. El loco y el primitivo son lo mismo. Pero en las tribus no existen psiquiatras, que para el autor no son más que detectives, puesto que su interrogatorio utiliza las mismas técnicas que el policial (Foucault). El psiquiatra piensa, infaliblemente, que su víctima miente. Pero la verdad, como en la tragedia griega, es el fin de la obra. No hay una realidad única, hay una realidad polivalente. El principio de relatividad cultural.

Yo no sé qué pueda ser la locura, repite Panero –indirectamente- en estos ensayos poéticos. Tal vez una defensa para seguir soñando. O quizá el derecho a la fantasía. Pues la locura, como dice Blake, conduce a la sabiduría. En definitiva, este libro nos avisa –a civilizados y no- que lo más probable es que el ‘homo normalis’, como lo llamaba Wilhem Reich, sea el verdadero loco.